Sentía que algo no iba bien cuando escuché como mi madre llamaba a todas sus amigas para ver que tal estaban sus hijos, hijos que hasta hacía un par de horas, mi madre había estado cuidando.
Por aquel entonces, yo aún vivía con mis padres, y esa misma mañana, una de sus niñas me había despertado mientras esta jugaba encima de mi cama. Tenía algo raro en el rostro. Aún que su energía era máxima su cara reflejaba enfermedad. Salí de la cama gritando a mi madre.
- Mama, sabes que no quiero que entren en mi habitación.
- Lucía ven aquí cariño. – Y la niña salió de mi habitación.
Cerré la puerta y me vestí.
Mi madre seguía llamando cuando cogí a mis dos perros y me fui a sacarlos de paseo. Por el camino hacía el pueblo pasé por varias casas de las amigas de mi madre, que asomadas a la ventana le gritaban al telefono.
- Mi hija no mejora.
-Ha vomitado verde.
-Tiene mucha fiebre…
Sabía que pasaba algo y esperaba no tenerlo también yo.
Al irme acercando al pueblo la histeria era general. Todo el mundo corría de un lado a otro, todos aparentemente iguales, pero algunos con el rostro lleno de ira. Yo acorté la correa que ataba a mis perros y los acerqué a mi. -Ni a mi ni a mis perros los toca nadie- Pensé.
La gente estaba muy centrada en su ira y su presa y pocos percibían que yo pasaba por allí, pero alguna vez que otra tenía que correr para escapar de gente enferma. Logré esconderme tras unos árboles al lado de un parque infantil encima de una pequeñísima montaña de arena. Allí pude pensar, y darme cuenta de que todo empezó en mi casa y que de alguna manera era contagioso aunque aun no sabía como. Volví a caminar tras oír lo que parecían pasos hacía mi.
Entonces me crucé con alguien que me llamó la atención. Ya me había cruzado con él 4 veces mas. Caminaba con la mirada perdida. Llevaba una gabardina gris larga, y las manos en los bolsillos, caminaba despacio, ajeno a lo que pasaba, pensando en quien sabe que. Su rostro no reflejaba odio. Está vez lo miré fijamente y me miró. Los segundos me parecían eternos y mágicos. Un tirón fuerte de mi mano derecha hizo que volviera a la realidad. Era uno de mis perros. Ya no era el mismo. Deseaba morder. Quería morderme. No me importó y lo agarré. Sabía que eso era contagioso, pero no sabía si tenía cura o no. Y no pensaba abandonar a mi perro sin saberlo. Lo tenía controlado entre mis brazos y la correa pero logró escaparse y corrí tras el.
Tras buscarlo por un par de calles, lo vi, al final de una de ellas, ladrando a cualquier sombra procurando morder a todos los tobillos con los que se cruzaba. A pensar de ser de raza pequeña, tenía mucha ímpetu. Y apunto de cogerlo, alguien me cogió a mi. Así que me encontraba en brazos de él, con un perro en la mano y gritando al otro sin parar para que reconociera mi voz y me siguiera. Me tenía cogida como a cualquier niña pequeña, y yo le sujetaba fuerte del cuello para poder alzar los pies y que mi perro no me los mordiera. No sé porqué, a él nadie le hacía nada.
- Tranquila, no dejaré que te pase nada.
Tenía la voz mas tranquilizadora del mundo. Y ahí le recordé. Era él. Y sonreí. Yo seguía llamando a mi perro.
- Deja de llamarle, te seguirá igual, hablame a mi.
- ¿A ti? ¿Que quieres que te diga? ¿Que estoy asustada? ¿Que no se que pasa? – Le dije gritando.
Él seguía cogiendome en brazos.
- ¿Porque no me sueltas? – Le pregunté.
- No puedo. ¿Recuerdas los hombres con los que antes te cruzaste? Te buscan, y se guían por el sonido de los pasos, así que mejor que no camines.
Yo ya no entendía nada. Había demasiado ruido como para que oyeran mis pasos, este tio flipaba.
- Dime algo a mi, de mi. – Me dijo
- ¿Que quieres que te diga? ¿Que cada mañana lo primero que hago es mirar tu número en mi agenda y morirme de ganas de llamarte? ¿Decirte que desde el primer día que nos vimos en el trabajo pienso en ti? Decirte que…?
- Shhh!! Ahora ya estás conmigo. – me dijo susurrando en la oreja.
Tras varias horas, y dando espaldazo a esos hombres que me buscaban llegamos a una casa.
- Arriba a la derecha hay una habitación, entra y cambiate de ropa.
- Pero…
- Ves, ya me encargo yo del perro.
- Encierralo, pero no le hagas daño. – le dije muy preocupada.
En la habitación había una cama grande, dos mesitas, un armario y la ventana a la derecha de la cama. Nada mas entrar me cambie y me tumbe y caí rendida. Desperté en la oscuridad, sola. Grite llamando a mi perro para ver donde estaba, uno a mi lado, y el otro no lo sabía. Entonces entró él, corriendo a taparme la boca.
- Shttt, no grites. – me dijo.
- ¿Que haces ahí fuera? Entra en la cama conmigo. Ven. ¿ Y mi perro? ¿Como está?
- Miralo tu misma.
Y mi chiquitín entró como si nada. Agotado, pero sin ira. Lo abracé, lo achuché y lo tumbé a mi lado mientras le rascaba la barriguita.
- Duerme un poco mas que mañana salimos temprano.
- Para para, ya vale, esto no es Crepúsculo ni Resident Evil y tu no eres un vampiro ni nada. Tu eres una persona normal y tienes que dormir. Duerme tu que ya vigilo yo. – Y con esto se rió, me miró y se tumbó a echar una cabezadilla.
Entonces quise preguntarle muchas cosas pero ya se había dormido. Me tumbé a su lado un instante y recorrí su cuello para olerle bien. Besé su pelo, sus mejillas. Abrió los ojos y me beso en la boca.
- Creía que nunca lo harías. – Y sonreí.
Y nos besamos, y acabamos haciendo el amor. Una noche mágica. Ajenos a toda la maldad de fuera.
Luego, en el baño lavandome la cara, desde la ventana pude ver a gente viniendo hacía la casa.
- Shhh, viene gente- le dijo muy a lo bajo.
- Pues ven, quédate aquí callada y en silencio.
- ¿Como que callada? ¿No ves que van a entrar y nos cogerán? Yo paso sabes. ¿Hay algún vehículo abajo?
- Si, creo que hay moto o bici.
- Pues vamos, coge un perro.
Abajo, el garaje era de cristal y se podía ver como se acercaban. Al estar a oscuras a dentro nos daba cierta ventaja y el cristal para ellos era un espejo. Había varías motos y bicis, ningún coche. Fui a coger la moto mas grande. Cuando él ya había encendido una.
- Tienes razón, corre ven, sube.
- ¿Tu sabes llevar está moto tan grande?
- ¿Y tu? – Entonces los vi. Me miraban y me asusté.
- Correeeeeee. – le grité golpeandole la espalda.
Me aseguré de tener a mis dos perros bien cogidos entre mis piernas, me agarré fuerte a su cintura y cerré los ojos.